Cómo terminar de escribir lo recién empezado sin tener el punto a la vista y sabiendo que la coma sin querer hacernos detener nos hace vacilar en ese segundo que debemos tomar la pausa: he ahí los dos puntos que nos abren un nuevo camino y un nuevo lugar que se extiende cual abismo en busca de ese punto que no tarda en aparecer. Hemos terminado, dice él y uno sigue, como si nada, y con las vacilaciones que sean necesarias, pero, como insisten ellas, hay que seguir escribiendo aunque sea lo último que quede, aunque no quede más nada para seguir, aun cuando no exista nada hay que seguir, arrastrando el aliento y la carraspera que corre por la garganta por culpa del aire contaminado, viciado de basura inútil que desborda por todos los rincones.

Aparte, te digo algo, el rostro que enmascara la carne y los huesos no son más que ellos. No hay nada más allá ni más acá, ni por otro lado ni desde otro lugar. Acontece la mirada, la mueca tímida de un reflejo que no entiende lo que expresa, la nariz sucia que se llena de tierra por los mocos que quieren salir porque la verdad está en ese afuera inasible, incuestionable. El afuera acontece y desborda todo el cuerpo, todo el espacio atrapando hasta nuestros agujeros más reprimidos, esos que quieren ser penetrados para poder disfrutar esa exterioridad que no hace más que atravezar lo que toca. El acontecimiento deviene sobre el cuerpo que se va formando entre los puntos y las comas, entre la piel que expresa todo lo que existe de nosotros, que nos pone en la evidencia de que no somos más que esos puntos y comas, esa mueca, un pliegue en el tiempo. Aún así hay que seguir, seguir hasta que no quede nada, aunque no quede nada, a pesar de que nunca hubo nada.

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