Archive for octubre, 2011


Movimiento

Momento turbio, después de una sucesión inmensa de transposiciones de existencias, distantes, lejanas, aunque tan cercanas, tan cotidianas. La mirada se me cae, se me destroza en el piso y mi corazón quiere levantarse, lo hace, busca fuerza, quiere abrazarse a si mismo, a sus propios latidos, y mis ojos que se esconden, que parecen llenarse de timidez o miedo, pero la sangre comienza a correr y a caminar por mis venas, y me miro, ahora, en este instante, fuera del tiempo, fuera del espacio, en un lugar de esos inmensos que te atrapan para no soltarte, y me veo, me veo y quiero salir corriendo, no para escaparme, no para liberarme, sólo para ponerme en movimiento.

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Ecce Homo

Terminé un libro, otro más de Federico, y otro golpe más a la conciencia, gran golpe. Ecce Homo, nada más y nada menos, una experiencia de vida sobre la vida misma, sobre esa afirmación que siempre invoca don bigotes. El final es impactante, es demencial y arranca sabiéndose causante de las más grandes crisis de la humanidad en los tiempos que vendrán luego de su muerte, aclamando la pólvora en su voz. Murió en el 1900, y después, increíble, grandes y cada vez más grandes crisis y ahora seguimos, y esperamos quizás la mayor de todas, la definitiva, y ¿será ahí donde nos encontraremos nosotros? No, no nos encontraremos, estaremos ya lejos…

Mírame

Un día gris, pero con la mirada iluminada, creo intentar buscar eso que ya encontré y que no quiero dejar. Las nubes ocultan eso que hoy en día pocos entienden, y la noche que no deja estrellas me trae de nuevo a este rincón donde crece la hierba rebelde, rodeada por el cemento y la dureza de una vida que piensa que ser como las rocas es ser fuerte. Y de frente la hierba, que no sólo es fuerte, sino que es flexible, que avanza aunque no le dejen condiciones para hacerlo y mis rodillas que buscan apoyarse en ese pequeño espacio sin recuerdos.

En las fibras de mi cuerpo recorre sin impedimentos una sensación de frio que pone a mi piel tensa, y que me despierta de la normalidad, y cuando volteo mi mirada, que esta ocultando el deseo incontenible, veo mi forma tirada, envuelta en una fuerza que no puede contener todo lo que la rodea y la invade. Estoy perdido, no me reconozco, pero allá, a lo lejos, en lo alto me veo, me veo debajo de estas montañas buscando escalar para alcanzar esa altura que se presenta inmortal, imponente, llena de luz que esconde los caminos del que viene con las rodillas ensangrentadas, las manos mancilladas, el pecho inflado lleno de fuerza y dolor que se transforma en placer absoluto mientras emprende la subida. Mírame escalar, mírame en la atura ya triunfante, mírame en la luz y en la profunda oscuridad, mírame en lo más alto y oculto en las peores profundidades. Es mi alma que no se puede despegar de mi cuerpo y es mi cuerpo que cada día busca curar a lo que han hecho de ella, que en algún momento casi fue un residuo que mis intestinos expulsan sin piedad ni compasión, pero que mi estómago supo soportar indigestado hasta que volvió a revivir eso que no debe ser perdido, lo que alguien vio como una chispa.

El incendio verde se expande a través de mis rodillas y me succiona hacia la tierra, el dolor es inmenso y no es placer, no es nada, y ya no me veo, ni sé quien soy, ni supe quien era. La hierba trepa por mi pecho y mis pulmones sienten la presión, y mi cuello es ahorcado sin resistencia, mi boca callada con vehemencia. Veo todo y todo oscuro, y el día gris comienza a llorar a cantaros y riega mi cuerpo. Mis músculos se tensan, mis piernas se contraen, mis brazos son libres. Ciego, pero fuerte veo todavía como escala el mancillado la dura montaña y veo como él, que se sostiene ligero en el aire me mira sangrar mientras escalo la rocosa pendiente. No veo algo, pero lo comprendo todo desde esta lejanía cerca de los altos picos y las frías nubes. Siento mi cuerpo desvanecer sin mi sangre, me veo alto y renovado.