Archive for agosto, 2011


Aníbal (3)

Mujeres. No voy a decir nada sobre ellas que ya no sepa nadie en este mundo. Y no, no es lo que estaban pensando, ¿ahora piensan también? Disculpen el tono irritado, es que me está costando seguir mi historia y, como me cuesta, voy a ver si encuentro algo para romper.

(pum, cranch, crak, cataplasma!)

Listo, mucho mejor, más relajado por lo pronto.

Decía, de haber vivido más intensamente mis relaciones, con algunas mujeres que conocí en Bahía, todavía sería ingeniero y no un futuro licenciado en letras como pretendo ser en este tramo final de mi vida (tengo ochenta para los vagos que no leyeron desde el principio). Pero no me arrepiento, al contrario, quizás de una, de una muy especial, pero a la vez me veo bien, después de tantos años me veo bárbaro. En fin… seamos más descriptivos como me pidió mi gran amigo Antonio F.

Bahía es una ciudad chica, medio pelo, que dice más de lo que caga, pero que tiene su encanto. A mi me gustó mucho mi tiempo en esa ciudad. Es como una mini Buenos Aires, con canal en vez de rio, con la UNS en vez de la UBA, con Olimpo en vez de River, Boca, San Lorenzo, Huracán, All Boys, etc. Con 29 equipos de básquet, con el parque mayo,  si es que no estoy mandando fruta, en vez de los bosques de Palermo, con el teatro Colon, en vez del TEATRO COLON, en fin… muchas cosas más que me costaría enumerar. Eso en comparación.

La gente de bahía se puede dividir, a grandes rasgos, en dos tipos, no es que sea así, es una cuestión de jerga mundana que siempre dio vueltas y que bue, permite un tipo de clasificación cuasi ilusoria. Estos grupos son: los que son de Bahía y los que no lo son. Pero esto como vemos es una trivialidad infundada, como toda trivialidad, pero no es así, veremos por qué. Se trata más bien de los de Bahía que alardean, se creen más por ser de Bahía, por ejemplo, y volvemos al sexo femenino, esas chicas que en un boliche, en el club pongamosle, sacas a bailar y te miran cual escáner de rayos x y detectan tu pertenencia, tu clase social, tu carrera, hasta quizás cáncer, en el caso de que lo tengas; y con sólo no cumplir un requisito te dejan pagando como el máximo boludo del universo (Lo del cáncer era una exageración, aviso). O también, hay una especie de Bahiense, hombre en este caso, que anda en esas motos de plástico, que las llenan de luces como si estuvieran en un jueguito de autos, y su unica meta en la vida fuera su moto de morondanga. Estos andan en grupo y el líder siempre es el que logra que el caño de escape haga más ruido, produciendo un desgaste mayor en su motor, con lo que demuestra dos cosas, una: que “la tiene más grande que los demás”, y dos: “que tiene un poco más de plata que los otros pelotudos que lo siguen y puede arreglar o cambiar su moto con más facilidad”. Otra cosa interesante de estos grupines de motoqueros es que siempre hay una joven que anda en esas motos al estilo: “me como un motoquero de una zanella 110” ¿WTF? Las mujeres en Bahía tienen esas cosas que a uno le hacen pensar ¿por qué las mujeres son así? pero advierto, sólo en Bahía, o en sectores marginales de la sociedad en general, las mujeres son más inteligentes que eso. Otra manera de identificar si uno es Bahiense de alma es preguntarle dónde vive: si responde: Palihue, pero… así, con el pero al final de la frase, es un Bahiense de alma, le recomiendo dos cosas: o se arriesga a hacerle un par de preguntas más o salir corriendo despavorido. Yo no me he arriesgado y he tenido suerte, dicen, por esos lugares en donde la luz no llega seguido, que no muchos han sobrevivido a tal hazaña.

En general este tipo de persona (Bahiense de alma) no ha salido mucho de Bahía más que Montermoso en sus vacaciones, los que han salido un poco, o que sueñan con salir, suelen ser más amables, buenas personas,  quizás lo anterior haya sido una exageración, es probable, muy probable, aun así queda en ustedes tomar los riesgos.

Como podrán detectar no he tenido suerte con las mujeres de esta ciudad, no con las que tienen su alma arraigada a esa ciudad. Pero si con otras de otros lugares, pueblos aledaños y quizás con alguna Bahiense no de alma.

Recuerdo una, en esas noches donde salía con mis amigos O., D. más otros atorrantes a los que guardaré la identidad por cuestiones de seguridad. Bueno, esa noches eran de cerveza, y a salir. Y salir ya copete, copete copete, por lo menos yo. Y a bailar, va, siempre la mejor excusa, también así iba para atrás de la rebotada. Pero bueno uno tiene que insistir y aprovechar, siempre hay alguna indefensa para un desacatado. Con O. hemos puesto hasta peaje en esos lugares donde el club achica y entorpece el paso. Los abrazos de O. son memorables. Con D. las bailoteábamos, este gil siempre me hacia la misma, tiene esas manías de exquisito que cuando me daba vuelta desaparecía, cuando volvía a mirar había dejado a la amiga sola, yo ni dos vueltas, quizás dos palabras, cosa que me coartaba toda posibilidad de actuar normalmente, pausadamente, con habilidad, con pericia sagrada; tenía que vigilarlo más a él que a mi charla elegante, y así me he ido con las manos vacías; todos saben que las mujeres se manejan de a grupos y si la amiga no aprueba es muy difícil remontar el asunto. Con O. era diferente, porque era un equipo, una especie mente conjunta, en la cual por lo menos uno tenia que ganar. Por lo general no ganaba ninguno, O. siempre tubo más chances, pero éramos un equipo, una maquina. Que noches, ahora a los ochenta sigo saliendo, voy a la milonga, ahí las bailoteo y nos mentimos, pero bueno, ya estamos grandes, nos gusta mentirnos.

Una noche, esas noches que salís en ejercito, éramos un montón, hombres y mujeres, y adentro encontramos a muchos más, cosas de un habitué. En una de esas noches bailé con una chica, amiga de C., de esos bailes en los que uno se divierte más bailando y casi no necesita hablar, pero yo, en tanto feliz y despreocupado me terminé yendo sin mediar casi palabra, sin intención clara por lo menos. Bailé con una de esas mujeres a las que no les presto atención y que muchas veces son las que más guardo en la cabeza, de alguna manera. Una noche, me fui sin saber que había visto a alguien y que me habían visto… (Continua en la próxima entrega… la facultad me llama)

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Aníbal (2)

¿En qué me quedé? ¡Ah sí!, en las mujeres en la universidad cuando empecé ingeniería. Bueno, nada, y cuando digo nada, es nada… ni una, porque como dije, las que había ya eran un macho más por más linda que fuera. Arrancamos mal… y como arrancamos mal la seguimos empeorando un poco para que, por lo menos, se sepa como es el asunto. Al mes me enteré que en el club universitario uno siendo socio no pagaba nada en el boliche, digamos, nada de entrada, una cosa así como dos pesos los sábados, LOS SABADOS. De onda, al año y medio me hice socio, le di de comer un año y medio – soy un tipo generoso, lo sigo siendo chicas (?), tengo ochenta pero la generosidad no se pierde (?)- y al final dije, bue, dale, ya está, hay que hacer algo. Me hice socio. El mes que fui socio, y el que siguió, todos – creo que no falté ninguno- los viernes y sábados adentro del galpón. Ya conocía a todos, como cada persona que salió un mes seguido en ese lugar. No personalmente, pero uno cuando camina por las noches en el boliche, llegado un tiempo de salir constantemente, mira con intenciones de saludar, hasta de abrazar, y a algunas, por que no varias de… bue, nada de eso, nada. Una miseria terrible. Impensable. Salvo las noches locas, las desenfrenadas, de las cuales no recuerdo mucho, y calculo que es mejor no recordar, ni siquiera escuchar los relatos de amigos. En fin, nada, nada de estudio, nada de sexo, en el termino carnal del asunto, pero bue, ingeniería es una carrera de progreso económico-tecnológico, no sexual y no tuvo, para mi, muchos matices. En fin… La disfrutamos con lo que se podía, bah, la soportamos con todo lo que uno siempre se hace a la mano.

Bueno, especifico algunas cosas: la ciudad donde estaba estudiando ingeniería es Bahía Blanca, para algunos un pueblo grande, para otros una chacra asfaltada que vendría a ser más o menos lo mismo. Viví en ese tiempo en un departamentito de 3×3, cagaba y me bañaba, cocinaba y el olor duraba en el lugar su tiempo, y peor si era invierno y no había manera de zafar el frío, porque Bahía se pone frío, mamita. Bueno, igual tampoco para dar lastima, no vivía mucho tiempo en mi departamentito, bah sí, durante la semana, o casi, después en lo de mis amigos, varios por cierto – como entusiasta tengo varios amigos, no sé que tendrá que ver, pero los tengo- y bue, aprovechaba casi al extremo su benevolencia. Igual tengo que decir que soy un agradecido de ellos, a algunos les he limpiado la mugre que gustosos acumulaban. Bue, tampoco para tirar trapos al aire porque si.

Bueno, tema que siempre pega, seguimos hablando de la mujeres. Todas únicas, cada una con su intensidad y su marca en mi cuerpo, en mi mente. (Continuará. Ya estoy cansado, la próxima sigo con la historia, ahora es tarde, la cama me llama, mañana viajo, mañana sigo viviendo y no puedo sentarme todo el día acá.)

Aníbal (1)

Mi nombre es Aníbal, si Aníbal. Yo sé que no les interesa, pero no puedo evitar, tengo la imperiosa necesidad de relatarles algunos sucesos que me han acontecido y, aprovechando el abandono del dueño de este espacio, dispongo de el para poner en juego, junto con ustedes, los que lean este rincón, mis pequeños avatares de estos últimos tiempos.

Para comenzar, les comento que vivo en Argentina, en la capital más precisamente, en el barrio de Belgrano. Soy estudiante, estudiante de letras, y aunque vean muchos errores en mi escribir es porque nunca antes había pensado que mi futuro iba a estar abocado a las letras propiamente dichas. Vivo en un departamento bastante espacioso y la verdad, demasiado para mi, siendo que tiene más cuartos de los que habito, más rincones de los que necesito. Tengo, en este instante, los acabo de cumplir, todavía no sé como, yo que siempre dije que cuando llegue a los cincuenta dejaba este mundo, ochenta años. Bueno, creo que es demasiada presentación, no quiero contarles todo en un párrafo; se supone que para eso estudio letras, para dar vueltas y más vueltas.

Quiero comenzar con mi primera carrera. Antes de darme cuenta – tarde pero seguro- de que mi verdadera vocación era la literatura, las letras, el escribir y leer, fui, estudiantes y más tarde recibido de ingeniería informática. ¿Qué vuelco, no? En ese tiempo no pensaba más allá que los propios deseos de mi familia, en hacer una carrera del progreso, una carrera que haga de mi vida una carrera, y qué mejor que ingeniería. Arranqué, con todo el entusiasmo que siempre me caracterizó, me caracteriza – todavía me creo un entusiasta de la vida, a los ochenta inclusive. Al pedo igual, por lo ochenta digo, pero no puedo pensar de otra manera que no sea desde el entusiasmo y del apasionamiento por las cosas- esa carrera progresista como pocas y, después de los primeros dos años de traspiés, logré encaminar mis impulsos y al cabo de unos años más, cuatro para precisar, estaba recibido de ingeniero. Como todo alumno medianamente capaz, conseguí trabajo rápidamente, pero no nos adelantemos, voy a contar algunas vicisitudes de mi transcurso académico en esta carrera dura, o de las duras como les gusta a la gente llamarla.

En los primeros días entré en la universidad desorientado, tan desorientado que entré en cuatro aulas diferentes hasta que di con la que era. En esos años, mis años mozos, esperé encontrar en mis clases, en los pasillos de la facultad, esas miradas cómplices de las mujeres que también estaban en esos años donde la piel habla más que otra parte del cuerpo. Ahí llegó mi primera frustración, en ingeniería informática no había mujeres, no había las que yo estaba pretendiendo, ni siquiera las que no pretendía, no había. En realidad si había, pero eran tan pocas que uno, en la vorágine hormonal masculina que invadía el ambiente, no podía prestarles mucha atención. Tanto macho, tan poca mujer que estas se convertían en machos prácticamente. (continuará… ahora me tengo que ir a clases)

Persecución

Ella sabía que si miraba para atrás se iba a quedar ciega, lo sentía en su nunca, algo la perseguía y se disimulaba de tanto en tanto. Pero S… no quería mirar atrás, estaba segura que si llegaba a mirar que era lo que la asechaba no vería salir otra vez el sol, no podría ver de nuevo los colores, le quedarían sólo cuatro sentidos, ni uno más. Su pupilas temblaban. Sus ojos siempre habían sido fuertes e intensos, pero nunca habían vivido tanta intensidad la conciencia de su enfriamiento. Tantas miradas conquistadas, tantas por conquistar, un mundo por conocer, una vida por vivir y sin esos ojos que tan vivos nacieron para, ahora, sufrir no animarse a mirar hacia atrás.

Caminaba por la avenida Roca, a paso acelerado, casi trotando, porque tampoco podía correr, eso seria peor aun. El atardecer caía sobre el pueblo, pero S… no podía prestarle atención. El cielo estaba rosa, eso fue lo único que se animó a contemplar. Su corazón latía con fuerza, se sentía agitada y asfixiada.

La cuadra antes de llegar a la plaza fue torturante, pocas personas habían pasado la prueba, pero ella con sólo imaginarse sin ojos útiles pasó a paso rápido. Cuentan, y ella lo sabía, que los más débiles murieron petrificados, y los que lograron resistir unos pocos pasos la tentación hoy han sido olvidados sin rastro alguno de su existencia. – ¡No!- se decía a si misma – ¡Tengo que seguir!-

Ahora el cruce de la Avellaneda antes de la plaza estaba plagado de pruebas, muchas miradas curiosas se posaron en su caminar, ella las sentía tanto como esa que la perseguía. Sufrió no mirar, sentía que tendría el mismo efecto que voltearse para ver esos ojos que se posaban en su nuca. Las miradas eran de diferentes tonalidades, algunas dejaban de ser curiosas y se volvían indiferentes, otras se tornaban envidiosas, otras estaban ciegas y eran las más atrayentes, S… no quería perder sus ojos.

No faltaba mucho hasta donde estaba parando de momento, ahí la esperaban ojos luminosos y con vida, tenia que llegar, meterse en la casa rápido.

Puso su primer paso sobre la vereda de la plaza, sintió que algo la agarró, quiso gritar pero tantos la miraban que no podía ni abrir la boca, con fuerza se soltó y apresuró su paso, siempre caminando, rápido, pero caminando.

Con su caminata desesperada se fue acercando al obelisco de la plaza, la nuca le zumbaba, la perseguían más de cerca.

Estaba llegando al centro de la plaza, le dolía la cabeza, esos ojos se punzaban sobre su pelo y la empujaban a caerse, su frente traspirada le mojaba los parpados. A punto estuvo de tropezar con un cantero de rosas, pero logró a duras penas mantener el equilibrio. Lo que la perseguía no es posible bien saberlo, mirar era muy arriesgado, la ceguera seria demasiado profunda, eso suponía, quería escaparse, no la dejaba en paz, cómo quiso no estar sola.

Parecía que los árboles se juntaban sobre ella, S… respiraba con dificultad, la cabeza le daba vueltas, pero tenia que seguir. Siguió, ¡no quería quedarse ciega!, odiaba esa mirada que no la dejaba en paz.

Llego al final de la plaza, le costo bajar de a la calle, pero a una cuadra podía ver la casa, un hilo de esperanza brotó de su corazón. Parecía que la persecución llegaba a su fin. Caminó con nuevos aires, cruzo la última calle y con unos varios metros más estaba llegando.

Tocó con fuerza, necesitaba entrar, volver a estar segura. La puerta se abrió y S… no vio nada más.

Marcas (Beltrán 2)

Insisto, sin nada con lo que insistir, pero es normal en tiempos secos, en climas secos y en sentimientos secos. Como todavía no tengo nombre posible para una historia, tampoco tengo historia, tampoco tengo algo que decir, ergo, no hay nada que leer. Esto no es duro, es seco. Es un pequeño mundo que no quiere, o yo no puedo contar. A veces me pregunto hasta que punto lo conozco, si es que he recorrido sus puntos. Ahora, en este instante la oscuridad me rodea, y mi cuerpo se siente estúpido, si, estúpido.

No. ¿Hay algo para contar? Esa no es la pregunta, la cual sería: ¿Encuentro algo que me guste contar? No, ya lo dije antes, no tengo una historia. Tengo muchas trabas. Quiero borrar esto, quizás hasta sea bueno que lo haga, pero no lo voy a hacer. Estan prevenidos, mejor no lean, mejor abandonen.

En el camino de piedras comenzó a alejarse, quise alcanzarla, la corrí. Mientras más rápido lo hacía ella más lejos estaba. Me detuve y vi que volteaba. Me miró. Ya estaba lejos, y yo tarde. – Respirá, que yo algo escuché…- Su voz se escuchó lejana en mis oídos, suave pero intensa. Mis piernas casi se quiebran y mis brazos atajaron mi cuerpo con las rodillas. Agaché, suspiré y volví a levantar la cabeza, entre las bocanadas de aire intenté decir algo. Nada salió. Me di media vuelta y la calle estaba vacía, llena de piedras y los gritos se convirtieron en chirridos en mis oídos.