Archive for febrero, 2011


Cuando el humo bajó del techo ya no había más nada que decir. El lugar, el antro, estaba atestado de infieles. Infieles llenos de gracia y fuerza. Sus cuerpos rebosaban sudor y nada impedía el roce de su piel. Las vestimentas rajadas estaban ocupando un lugar en el suelo pedregoso de la mala fortuna y la buena vida. Las risas y los gemidos abundaban en cada expresión, mas no quedaba rincón alguno donde las manos y los labios no hayan pasado. Cada rincón de cada cuerpo regaba una miel espesa y salada, cada infiel alucinaba con cada gota. Las drogas y la abundancia de vida eran insaciables, cada infiel estaba rodeado de muchos más, abusando uno del otro, sin restricciones, sin preguntas, sólo se abusaba, de eso trata la infidelidad.

Los felices gritaban por su moral, gritaban mientras los infieles disfrutaban del placer de sus cuerpos excitados, drogados por los mismísimos dioses. Los felices indignados en su moral se convirtieron en demonios, en infelices demonios, celosos del placer y la vida que no se atrevían a tomar, a sudar, a gozar. Los infieles no los miraban, no sabían que estaban. En su voluntad de vivir estaba su invitación a los demonios celosos que los envidiaban, a que participen de los más dulces sufrimientos y placeres de los sin sentidos, de la pura voluntad y el desprecio por los aires débiles, el abrazo a la fuerza y la destructiva voluntad de vivir sin ataduras. Varios demonios se lanzaron a la carga de esos infieles. Nunca más volvieron. Cuando los infieles vieron su vida destruida y a ellos muertos sólo quedaban algunos demonios que lloraron su perdida y se propusieron nunca más tener que llorarla. Su moral fue puesta en practica y la vida se hizo esclava, se hizo absurda, quiso buscar un sentido y se olvido de vivir.

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La nota

– ¿Qué sentiste cuando me dijiste todo eso?… Yo todavía lo escucho en mi cabeza y no sé que decir, no te puedo entender, no sé… no sé por qué me dijiste todo eso…-

– Tu nota decía esto:

Donde más te busco menos te encuentro, en esos lugares donde mis ansias de estrangularte afloran con pasión, con una vehemencia incontrolable. Fue peor cuando, en toda tu libertad, abusaste de lo que más preciado había en mi, esa partícula de piel unida al pensamiento que encuentran en mi ser la única manera de ser, y fue en ese momento que te vi que no pude contener mi furia, mi ira. Traté de controlarme pero tu compasión había desaparecido, tu piedad no existió para mi, ahora me pregunto si alguna vez existió. Jamás, nunca, voy a terminar de comprender como fuiste capaz, como todavía lo seguís siendo en este rincón de mi vida, tan desalmada. Tan desalmada.

– Y no entendiste nada…-

– No necesito entenderte, no necesito entender porque no quiero, ¡no me interesa! Fue esa parte absurda de tu piel la que nunca me interesó. Y lo que te dije no tiene que ver conmigo, nunca tuvo que ver conmigo. Si te engañé, si te dolió, no fue por mi culpa, yo nunca te iba a ser fiel y vos bien lo sabias, ¡nunca te iba a ser fiel… vos muy bien lo sabias!-

– Lo sabía, pero quiero cambiarte, quiero que me entiendas…-

– Entendé algo, no te quiero entender, no te quiero ser fiel y lo mismo quiero de vos, no quiero que me entiendas ni que me seas fiel, menos que me seas fiel. Y si vos no querés entender… mejor, tampoco pretendo que lo hagas, yo quiero las cosas así y así las hago. Si tu pequeña parte de piel y pensamientos no pueden ser porque yo no hago lo que ellos buscan para ser, entonces que no sean nada…-

– Me haces mal con todo esto, me estas destruyendo, dejándome tirado sin sentido, sin ganas, me quitas el último aliento que me queda en esta vida.-

– No me interesa, yo nunca quise ser la excusa para tu aliento. Tu problema conmigo y tu sentido es que yo no soy parte de ese sentido, no lo soy porque no quiero serlo ni voy a serlo.-

– Ya lo sos, desde el primer momento fuiste mi sentido, fuiste mi excusa para mi aliento, aunque vos no quieras serlo, ¡aunque vos no quieras!, siempre lo fuiste y nada de lo que digas va a cambiar eso…-

– No me interesa si lo cambio, no me interesa tu sentido, fue sólo una historia… ¡A ver si lo entendés! Las historias son simplemente eso, no tienen un sentido, no necesitan tenerlo, no buscan tenerlo, y nuestra historia nunca quiso uno, fue muy excitante mientras no lo tuvo, ahora que le buscas uno pierde su belleza, arruinaste la única historia que habías realmente vivido en tu vida, la única que nunca tuvo sentido, la que te vio vivo, realmente vivo.-

– No podes dejar que termine, no podes decirme que esta historia no tuvo sentido, ¿por qué? ¿por qué no lo tuvo? Tenés razón que nunca me sentí mas vivo que cuando escribíamos juntos esto que fue, que quiero que sea, que siga siendo, pero… pero me… no puedo, no puedo más, no me hagas esto.-

– No estoy terminando con nada, yo nunca busqué ese sentido, nunca, vos lo buscaste y sufriste la triste agonía de enfrentarte con que la realidad no tiene uno, que no necesita uno, y es más libre por eso. Tu pobre y débil voluntad cayó en un pozo, perdió la fuerza, la poca que había conquistado en algo que nunca va abandonar mi recuerdo, pero, culpa tuya, ahora sólo va a quedar en eso, nada más que en eso, un recuerdo.-

– No me dejes…-

– Ya lo hiciste.-

En éste oscuro lugar ni estrellas quedan, ¿dónde queda todo? ¿dónde? ¿Qué clase de bestia, qué clase de monstruo me hizo esto? Ahora tengo nada más que un segundo de consuelo, un segundo que perdí de nuevo.

En mi intención de escribir algo lo único que hago es no escribir nada. Tengo miles de proyectos pero nada en comienzo. Peor, no puedo escribir más de dos renglones.

El Viejo Gómez

Parado en la vereda estaba el Viejo Gómez. Ya todo el mundo se había olvidado que se llamaba Edmundo, esas cosas que les pasa a los viejos: se olvidan hasta de sus nombres. Por suerte, éste, todavía sobrevivía como el Viejo Gómez.

Se paraba todos los días en la vereda, siempre a la misma hora, a las cinco de la tarde. Sacaba un cigarro, unos Benson largos, y se fumaba uno. Lo terminaba y se metía a buscar una silla que ponía donde se paraba. Se sentaba y nos miraba jugar en la calle, cuando todavía se podía jugar al fútbol en la calle. El viejo siempre le decía, al que tenía más cerca, varias indicaciones: tirate más atrás, te esta ganando la espalda, fijate que es más rápido, ¡corre! ¡corre! Gritaba todos los goles, de los dos equipos. Una vez me acuerdo, no me lo puedo olvidar, son esas cosas que pasan una vez y que, si las viviste en carne propia o, por lo menos, estabas ahí, en ese momento, no te olvidas. Fue una cosa de locos. No me acuerdo ahora bien, pero, sin exagerar, el Viejo Gómez tendría en ese tiempo unos 75 años. Nosotros no pasábamos los doce el más grande.

La cuestión es que un día nos faltaba uno para jugar diez contra diez y no nos podíamos poner de acuerdo de quien se quedaba afuera, no podíamos. Estábamos todos alterados porque no habíamos empezado y se iba el sol, se armó un griterío terrible. Me acuerdo que el viejo se levantó y dijo: Yo juego. Todos quedamos callados y no entendíamos nada, nunca se había levantado en nuestros partidos, tampoco había faltado nadie pero… la cuestión es que el Viejo Gómez agarró la pelota y salió haciendo jueguitos. Nosotros no entendíamos nada.

Arrancó el partido y el viejo se puso de defensor. Yo jugaba con él, era bueno, tiraba pases para que todos juguemos, hasta se daba el lujo de regalársela a los del otro equipo. El primer gol lo hizo él. La agarró desde el fondo, me la pasó y después corriendo como podía me la pidió, y cuando se la pasé le pegó al arco, abajo y contra el palo, que era un buzo en la calle. Que calle.

El partido terminó tres a uno, perdimos. El Viejo Gómez se había pasado para el otro equipo para emparejar, pero terminó siendo un robo igual. Nos saludó a todos y se fue a sentar a la silla. Ahora si, rompió con la tradición, sacó un Benson y se lo fumó en cinco pitadas. Me acuerdo que suspiraba entre cada una de ellas: Edmundo, ya no estas para estos trotes, mejor léete un libro.

Se fue la luz, habíamos quedado cuatro nomas jugando penales y ya no veíamos nada, entonces nos fuimos.

Llegué a casa y le conté a papá lo que había pasado, lo bien que jugaba el viejo. Yo no lo podía creer, pensaba que el Viejo Gómez no servía para nada. Papá no me prestó mucha atención, miraba las noticias y hablaba con mamá de no sé que cosas. ¡Lo que jugaba el viejo!

Al otro día me fui corriendo a su casa a la hora que siempre salía. Salió y me vio en la vereda con la pelota. – ¿Qué haces nene?- me dijo sacando su cigarrillo. Lo prendió como de costumbre y fumó un poco.

Yo lo miraba como si todavía las imágenes del partido del día anterior no se fueran de mi cabeza.

  • Nada señor Gómez, juega bien usted al fútbol- le dije con todo el envión de mis pensamientos.
  • Jugaba nene, jugaba… ya no estoy para esos trotes.- se apoyó contra la pared y fumó un poco más.
  • ¿Dónde jugaba?- le pregunté.
  • Mmm… jugué en varios equipos, pero, ¿Para qué querés saber?- largó un poco de humo y me miró con curiosidad.

Lo miré avergonzado, me puse colorado y el Viejo Gómez no dijo nada. Yo esperaba que hable, que me cuente, pero me miró en toda mi vergüenza.

  • No sé…- dije en toda mi timidez.
  • ¿De qué equipo sos vos?- me preguntó. – No serás de Boca…-
  • No, de River.- respondí contento pensando que era de River el viejo.
  • Peor…- Tomó otra bocanada de humo de su cigarrillo, se acercó y se agachó frente a mi. Largó un poco de humo y terminando la frase, con lo que le quedaba en los pulmones, me dijo. – Vos tenés que ser Racing… Racing es el más grande de todos.-

Yo no sabía que decir, porque admiraba al Viejo, después de haberlo visto jugar y jugar con él, no podía dejar de verlo como el mejor jugador de la historia.

  • No le digas a tu papá que ahora sos de Racing porque se va a enojar, y menos porque es de independiente.- terminó el consejo con una carcajada corta y alegre. Sabía que me había convencido , que ya era de Racing.

Cuando terminó la charla llegaron los chicos y nos pusimos a jugar. El viejo esta vez nos miraba por sobre un libro que había sacado con la silla, leía una pagina y daba una indicación al que estaba cerca.

Terminamos de jugar y el viejo se levantó antes de que nos vayamos. Se tambaleo un poco y se cayó al suelo de rodillas. El partido se paró en los que estábamos cerca, yo me había quedado cerca para que me diera más indicaciones que a los otros. Corrí para levantarlo pero antes de que llegue se desplomó. El viejo se había muerto en frente mío, mi ídolo del fútbol por un día, el más grande ídolo se había muerto sin que nadie me dijera por qué. Al otro día le dije a papá que era de Racing y que quería ser como el Viejo Gomez. Nunca más hablé del Viejo Gómez, y volví a ser de River, no de Independiente como me insistió mi papá, no podía hacerle eso al viejo.