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Afuera

Cómo terminar de escribir lo recién empezado sin tener el punto a la vista y sabiendo que la coma sin querer hacernos detener nos hace vacilar en ese segundo que debemos tomar la pausa: he ahí los dos puntos que nos abren un nuevo camino y un nuevo lugar que se extiende cual abismo en busca de ese punto que no tarda en aparecer. Hemos terminado, dice él y uno sigue, como si nada, y con las vacilaciones que sean necesarias, pero, como insisten ellas, hay que seguir escribiendo aunque sea lo último que quede, aunque no quede más nada para seguir, aun cuando no exista nada hay que seguir, arrastrando el aliento y la carraspera que corre por la garganta por culpa del aire contaminado, viciado de basura inútil que desborda por todos los rincones.

Aparte, te digo algo, el rostro que enmascara la carne y los huesos no son más que ellos. No hay nada más allá ni más acá, ni por otro lado ni desde otro lugar. Acontece la mirada, la mueca tímida de un reflejo que no entiende lo que expresa, la nariz sucia que se llena de tierra por los mocos que quieren salir porque la verdad está en ese afuera inasible, incuestionable. El afuera acontece y desborda todo el cuerpo, todo el espacio atrapando hasta nuestros agujeros más reprimidos, esos que quieren ser penetrados para poder disfrutar esa exterioridad que no hace más que atravezar lo que toca. El acontecimiento deviene sobre el cuerpo que se va formando entre los puntos y las comas, entre la piel que expresa todo lo que existe de nosotros, que nos pone en la evidencia de que no somos más que esos puntos y comas, esa mueca, un pliegue en el tiempo. Aún así hay que seguir, seguir hasta que no quede nada, aunque no quede nada, a pesar de que nunca hubo nada.

Caminando

Y pensaba, viste, pensaba caminando viniendo para acá las cosas que pasan, que me pasan y venía caminando cuando pude ver que no aparecía nadie, que no había nadie. Vos me miras con esa cara, pero no había nadie, nadie en mi mente, ni un pensamiento y no dejaba de pensar en todo lo que se cruzaba. Se me puso en blanco la mente y no pude seguir caminando. Fue algo muy raro porque nunca dejo de caminar, siempre sigo, siempre sigo y ahora no pude, no podía. Dos personas me golpearon sin detenerse, voltearon sus miradas con bronca de un día entero de trabajar para otros. Digo eso porque vi eso, porque vi que trabajaban para otros, me vi que trabajo para otro. Se me vino el abismo proletario y la esclavitud a los medios del burgués más millonario que ya trabaja para ese dinero que no me pude mover, ni un milímetro. Me chocaron y con esa bronca de esclavos siguieron caminando y yo con la mía de esclavo me clavé en seco sobre la mísera vereda. Me miras con esa cara pero te digo que no me podía mover, no pude. Supuse que no podía porque había tenido una epifanía y mi cuerpo no la había resistido. No, no había nada en mi cabeza, sólo un cuerpo esclavo detenido sin querer moverse y una mente absorbida por una voluntad sin especificidad.

Mingitorio

 

El alto pedestal de las cosas capitales y decisivas.

Antes pasará el camello por el ojo de una aguja, a que un creador entre el reino de Plagio.

En uno de los mármoles de los mingitorios habían escrito

que se había hecho de noche y que los focos dobles del parque inicial parecían destinados a una pesadilla.

Idénticos planes para el resto del día, juntos al último sol.

Esa noche corrimos y la levantamos hasta casi sentarla sobre la cama.

Se puede volver al sur por abajo del mar.

También me viene claramente la primera frase gesticulada: escritura es arte, el arte también es prescindible.

Nombrar a un grupo social desclasado de trabajadores ocasionales, precarios, vagabundos y a veces delincuentes.

Ahora ya no le importa registrar, filosófico, las posibles características de un ser.

Se escapó del mingitorio sin atreverse a mear.

Estaba entregado a una bruta inercia.

De un solo tranco ha llegado a su altura y prosigue sin detenerse.

“¡vamos carajo!” a la vez que se dejó caer de rodillas y se estiró la remera.

Aquella mañana de agosto la calle estaba desierta.

Uno nunca llegará a entender a las mujeres.

La llovizna resbalaba lentamente por la convexidad barnizada.

En el suelo, algunos hombres de teatro de izquierda, muertos en posiciones macabras.

No tuve más remedio que convencerme de que la madre estaba implícita.

Muchísimos de hambre han muerto.

De la misma voz brotaban distintas historias de posesión.

Era, naturalmente, la perla de las perlas.

 

Despojo

Despojo, ya ni resto, más largo, con una cadencia acartonada, bañado en sangre igual, pero despojado, ya ni resto… Licencia para cortar, licencia para gobernar el despojo de eso que intentan dar vida sin que ya le quede algo que se parezca a ella, totalmente despojado de ella. Sangre, un liquido coagulado, espeso hasta en su intimidad, esa que una vez tuvo y a la que ahora no le puede gritar, mucho menos decir porque no queda nada por decir, sólo sangre, que ya no es ni sangre, que se seca y no quiere participar más de lo que le queda en este lugar, en esto que ya, para eso, no existe.

Demasiado puta

Juramos un día dejar de golpearnos y buscar ese lugar donde nos podíamos tocar ahí cuando todo estaba quieto en la esquina que no deja de girar a la derecha en un rincón sin salida posible para nuestra vida, de golpe nos vemos de nuevo de frente contra el mismo alambrado que separa un baldío abandonado bien cuidado que nos vemos en la insensatez de volver a mordernos, por lo menos no es un golpe; nos tocamos con ganas de sentir la piel y su aspereza de mugre que no se rinde aunque el agua que ha caído en la ciudad nos ha bañado hasta en el último rincón de nuestro cuerpo ahí donde nos tocamos. Sonaba The Doors y tarará tarará y la puerta que no se abría y me tocabas sujetando con la izquierda desde el lado derecho mi pija dura que buscaba hacerse sentir entre tus piernas firmes y mojadas. Me mordías porque no podías golpearme, porque lo habíamos aclarado, pactado, y mi fuerza impaciente buscando tu culo para apretarlo con mi mano derecha intentando llegar desde otro ángulo; humedad que nos abrazaba desde el exterior se arrebataba desde dentro sin que el alambrado protegiera nada el baldío más sucio que yo con más olores que vos con tu pelo negro que se colaba entre nuestras bocas guisadas, hambrientas de otro bocado sangriento. Quería tu sangre de leche coagulo infecto de vida insulsa determinada. Siempre me decías que no te gustaba mi sangre ni la leche que te daba arcadas cuando la tomabas toda acalorada en días de humedad absoluta, que la lluvia te gustaba viva bien fuerte con gotas gordas y mojadas.

Kilos de yerba en un departamento sin mate, sin bombilla y con miles de papeles inservibles que no juntan ni media frase que valga la pena y toda la ilusión que gasté en un par de lapiceras que lo único que han hecho fue tachar y tachar garabatos cansados de una mente arrepentida en cada línea de que ese era el lugar al que quería elegir como su lugar. Insistencia absoluta de una incomprensión sin terreno propio buscaba ese espacio que le permitiera dar con algo exterior al cuerpo pero con calor del mismo, nada que decir ni experiencia por vivir y otro tachón más en la lista de papeles amontonados vueltos a estirar llenos de arrugas. – ¿Qué querés de mi?- te pregunté de nuevo, otra vez en esa mirada absuelta de culpa y responsabilidad austera para que no me respondieras nada dándome la espalda fría y blanca que siempre me dejaste ver sin que la pudiera tocar de frente, siempre de espalda y esa mirada de mierda.

Aquel día no ibas a decir nada, era tu pausa en el tiempo de mi vida que se acaba lentamente como quien se va caminando al horizonte pelotudo que siempre retorna. Tu retorno otro día fue el que me dejo la puerta vacía con el cuerpo desnudo flaco de fuerza y esa mirada de mierda. Me mordiste muchas veces y ahora depositaste tu veneno dándome muerte más muerte más muerte, borracho de vino.

Entretanto, entre tantos, papeles dados vuelta, rayados con garabatos inexplicables y frases de mierda, grasas y mal armadas con esa sintaxis que no encuentra su consciencia ni su pragmática, lejos ese ritmo, ese estilo que es la firma grandilocuente y oculta de cada muñeca que mueve lineas que los idiotas que leen creen entender pero nunca entendieron. Y vos de nuevo en mi puta cabeza arrebatada ya de argumentos mirándome caer de nuevo y cagándote de risa como una buena hija de puta, como la hija de puta que sos. Demasiado puta para mi siempre me dijiste.